miércoles, 25 de agosto de 2010

Escribir es un acto de fe

Orfa Alarcón


En este país donde se leen pocos libros en promedio por persona al año, pensar en dedicarse a la escritura suena un tanto descabellado. Aparte de todas las complicaciones que existen alrededor del acto literario, no hay un sistema que permita que el escritor se dedique solamente a escribir (recordemos que el asunto de las becas es un tema un tanto azaroso y nunca seguro), pues las necesidades básicas que lo rodean son prioritarias, vaya, escribir no es negocio y hay que dedicarse a otras cosas y combinarlas con el acto creativo. Por eso es tan loable encontrar a gente joven que, a pesar de las dificultades, se dedica a su obra y, cuando ésta ya ha madurado, busca difundirla. Uno de los mayores retos de los escritores jóvenes es publicar su primer libro, ya que por recelo o por desconocimiento, difícilmente las editoriales publican a gente que no tenga libros anteriores, pues no saben cómo resultarán estos nuevos autores en cuestión de ventas, de aceptación, de calidad editorial, y un gran etcétera.

Ante todas estas dificultades, cada que sale publicada una primera novela deberíamos aplaudirla de pie, pues siempre para que una obra primogénita llegue a la librería, ha tenido que recorrer un largo y riesgoso camino. Por eso en esta ocasión les platico, y les platico con un infinito gusto, de “Hombre de poca fe”, la primera novela de la joven escritora mexicana Gilma Luque.

Esta novela cuenta una historia tan fuerte y distinta, que podría haber sucedido en la casa de cualquiera de nosotros o, como se dice por ahí, hasta en las mejores familias. Esta es una atípica historia de amor. O historia de amores. ¿Cuántas veces puede entregar una mujer el corazón? En esta novela, la protagonista de nombre Alfonsina, desde su cama de hospital, cuenta la historia de un hombre para contar la historia de sí misma. Una mujer muere para que viva su hombre. Una mujer entiende que su cuerpo está compuesto por la serie de amores que ha vivido, por las personas que ha conocido, por las historias que han formado a otros y que, después de oírlas, la han habitado también a ella.

Desde su lecho –de muerte, quizá- Alfonsina recrea los sucesos más importantes de su vida y de la vida del hombre que ama. Todos los sucesos, incluso los aparentemente más pequeños, son piezas de un rompecabezas que repercutirá en un impresionante todo. Alfonsina habla sin voz, y no por eso es una voz callada, al contrario, repercute con sus palabras en los oídos de todos los que se acercan a escucharla a través de Gilma Luque, su autora.

Esta es una novela de espacios que igual nos lleva de la mano a conocer la ciudad, como nos lleva a conocer los ambientes rurales más maravillosos del país. Llena de erotismo, de deseo y de necesidad, esta novela lo mismo nos cuenta del amor paternal, del fraternal, de la inocencia de los primeros amores y de la delgada línea que existe entre el amor filial y el carnal, esa línea que Alfonsina rompe sin saber que se entregará a una relación tan ardiente como caótica, tan peligrosa, un amor que, metafórica como realmente, será una bala tan bien intencionada que se niega a matar.

Así conoce Alfonsina su necesidad de un hombre, de más de un hombre, y es a través de estos que cuenta su historia, pide que sean otros los que cuenten su historia. Y cuando le toca hablar a ella, cede el protagonismo, se esconde tras una segunda voz dirigida a una segunda persona que aunque esté, no la escucha. Pero eso no importa, es mayor la necesidad de Alfonsina de contar.

El escritor Mario González Suárez escribió refiriéndose a esta novela:
Alfonsina narra desde el silencio, reducida a su propia carne inmóvil. Paradójicamente accede a una cierta ubicuidad, un punto de vista donde reconoce que somos muertos amando a otros muertos. Mátame si me amas, porque te amo quiero morir en tus brazos y quiero que mueras sólo por mí: son los bordes de un discurso amoroso dirigido sólo a quien se atreva a responderlo.

El amor desbocado (porque si no es desbocado no es amor) siempre ha de terminar en tragedia. Más que contarles acerca de los recovecos de esta historia, quisiera invitarles a leer el libro. Con esta asombrosa primera novela Gilma Luque, autora de “Hombre de poca fe”, cumple de manera magnífica su función de escritora, de cuenta-historias, de perpetuadora de los sucesos. Ya que Gilma, contando las historias de los personajes que la habitan, comparte la necesidad de Alfonsina, su personaje, de repetir, de preservar.

A pesar de ser tan joven, Gilma ya conoce historias, y muchas, para transmitirle a sus lectores. Es de sorprender encontrar una primera novela con tantos aciertos como los de “Hombre de poca fe”. Salud por “Hombre de poca fe”, la historia de una mujer y de sus hombres, la primera novela de una escritora que ha encontrado su camino en la literatura mexicana.


Hombre de poca fe
Mondadori, 2010

miércoles, 11 de agosto de 2010

Asco y deseo

Orfa Alarcón

“Dulce cuchillo” es un cuchillo de dos filos: el asco y el deseo. La hoja del asco puede cortar, infectar, lacerar y hurgar hasta el fondo del estómago. La hoja del deseo es la más terrible: es capaz de llegar a la raíz del corazón y arrancarle a trozos la voluntad.

Esta nueva novela de Ethel Krauz es un viaje a la historia de la protagonista, Magdalena, mujer-niña, niña-mujer, niña-vieja, como ella misma se describe, porque ella conoce el asco, y el dolor desde que era bebé y ya era grande: el abuso la hizo crecer antes de que creciera su cuerpo.

Magdalena es una protagonista doblada y humillada. Es, durante los primeros 40 años de su vida, una muñeca que cualquiera puede manipular, desnudar, voltear o toquetear, rudamente o sólo con la vista, por lujuria o por capricho.

Ella es una mujer que se asume víctima, porque aunque sabe que ese no es el único papel que puede jugar a lo largo de la vida, no sabe cómo abandonar ese rol, y así va de un agresor a otro, el más cercano, el más íntimo, el director de su escuela, la amiga, el portero, el hermano, el padre… siempre personajes de los que ella espera protección o, por lo menos, comprensión.

Las promesas que no se pronuncian, las implícitas, son en las que más confiamos, las que, al romperse, son capaces de lanzarnos al abismo de la decepción, la desesperanza y la duda. Esas promesas que no necesitamos oír de los más cercanos: “siempre te voy a querer”, “siempre te voy a cuidar”, “siempre estaré contigo”, y no necesitamos oírlas porque nuestro lazo se basa en que, más que palabras, esas promesas son hechos. Por eso cuando se rompen se trastorna todo y las Magdalenas del mundo, esas mujeres a las que sin razón se les ha despojado de todo, se convierten en muñecas que pasarán de un dueño a otro.

Si bien el abuso sexual al que es sometida la protagonista desde niña es el tema central de la novela, este no es el único tópico imprescindible en la misma.

El otro lado del cuchillo, ya lo había comentado, es el más terrible. El deseo es un filo que lleva a Magdalena a instalarse a vivir en la pesadilla, mudarse al dolor, abrirse más una herida, echarse limón, caminar en la cuerda floja y, a pesar del exhaustivo entrenamiento, terminar cayendo, cayendo, cayendo.

Porque si bien, ese deseo es un deseo satisfecho, es un deseo muy particular e hiriente: es el deseo hacia su propio agresor. De todos aquellos que la han manipulado y utilizado, es el personaje T. (así lo nombra la protagonista) quien se convierte en una necesidad. El objeto del asco, así, se convierte en el objeto del deseo.

“Dulce cuchillo” es una novela conformada por varios narradores. Cada uno de estos narradores va contando la parte que le corresponde de la historia. Unos miran a través del amor, otros a través de la desesperación, otros a través de la sed de ser amado que, como dice Ethel Krauze, es una sed de estar en un desierto lleno de agua, bebérsela toda y continuar sediento. Pero a pesar de los diversos narradores, hay una voz predominante: la de la protagonista.

Es la voz de Magdalena una voz que nos cuenta una, y otra vez, cómo, cuando iba al baño, la espiaba el amante de su madre, el personaje T., cómo la llevó con engaños a un motel cuando ella ni siquiera sabía qué era eso, cómo la desnudó y cómo ella volvió a su casa a fingir que leía con un libro de cabeza sobre las piernas. Es esta repetición de los hechos hirientes los que permiten al lector comprender el infierno vivido por un personaje abusado: una vez, otra vez, una y otra vez para empezar de nuevo. Para Magdalena, en su voz de víctima, es más fácil contarnos repetidas veces cómo vivió este horror que contarnos el lado placentero del cuchillo.

Lo que no cuenta Magdalena, lo que deja a la interpretación del lector, es cómo le hizo para transformar este asco en deseo, no nos cuenta qué estrella explotó dentro de ella que la iluminó, que la liberó de ataduras y la hizo convertirse en la amante del hombre de su madre. Eso es más íntimo aún que cualquier abuso recibido, ese es el lado peligroso del cuchillo. Magdalena reserva para sí lo más sagrado porque le pertenece sólo a ella.

La protagonista, con todo y la estrella que le irradiaba dentro, nos lleva a través de la novela a una recreación de la locura, al frenesí, a la culpa, al capricho y a la justificación. Sin embargo, “Dulce cuchillo” no es sólo una novela de victimización, es sobretodo, un canto al triunfo de la vida. A lo largo de la novela y a cada recuento de los daños, la protagonista es un personaje que va creciendo, tanto en presencia como en madurez, y va convirtiéndose en esta compleja mujer que decide que gane la vida, que decide amar a cada uno de los días que tiene los pies puestos sobre la tierra, aunque esta tierra no sea un lugar que la trate con miramientos.

Un personaje fuerte, una lírica impecable, una narrativa envidiable y una historia estremecedora, ajena y propia a la vez, son las piezas con las que Ethel ha jugado para mostrarnos esta irrepetible historia.

Gracias a Ethel Krauze por este cuchillo que nos atraviesa y nos seduce.


Dulce cuchillo

Editorial Jus, 2010